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Por. Roosevelt Castro

La historia de Luis Carlos “El Coroncoro” Perea es similar a la de muchos niños en el orbe futbolístico, aquellos que sueñan con la pelota para trascender, esas mismas ilusiones que tienen los más de 3000 niños que defenderán sus equipos en la décima edición del Festival Internacional Medellín Soccer Cup.

Turbo, Antioquia, lo vio nacer el 29 de diciembre de 1963.  El hijo mayor entre once hermanos de Pastora Perea, recorría las fangosas calles de su pueblo natal haciéndole gambetas a la pobreza, mientras que su madre lidiaba para conseguir el sustento diario, ya que su padre Arcesio los echó al olvido.

La vetusta cancha turbeña fue testigo mudo y cómplice de su amor por la lunareja.  Aristarco Castro (padre de Carlos Castro, exdelantero del DIM, de Millonarios y otros equipos) le enseñaba el ABC del balón, porque desertó de la escuela primaria, ya que solo cursó hasta tercero.

Solo duro dos años fuera de las aulas, pues fue “obligado” a seguir estudiando so pena de no integrar los seleccionados de su pueblo.

“El Comité de futbol de Turbo dispuso que quien no estuviese estudiando, no podía hacer parte de las selecciones. Así que, con un poco de mala gana y a regañadientes, continuó sus estudios hasta tercero de bachillerato. Luego los culminaría en Medellín.” declaró en su momento Aristarco Castro.

De Turbo a la blanca y verde, con fiesta incluida

Con la fundamentación técnica de Castro, quien también lo ubicó en el puesto de defensa central, fue llamado a integrar la selección Antioquia juvenil.

Eran los albores de la década de los 80’s, cuando el profesor Luis Alfonso Marroquín lo convocó para defender los colores blanco y verde de Antioquia.

Como un héroe fue despedido “La Tierra Próspera y Bendita” o “La Mejor Esquina del Mundo” como es llamada su tierra natal, fundada por Baltasar de Casanova. Era el primer turbeño en emigrar a la gran ciudad en busca de un sueño futbolístico.

En 1982 llegó a Medellín. Aquí encontró a otros imberbes queriendo la gloria deportiva y casi que con la misma historia de él: una de desarraigo queriendo convertirle un gol a la pobreza.

René Higuita, Leonel Álvarez, Néstor Piza, Gildardo Gómez, Felipe Pérez, Norberto El Chomo Cadavid, Marcos Velásquez, Gustavo Pérez, entre otros, le dieron la bienvenida al morocho urabaense.

Antioquia venía de obtener un subtítulo en la categoría juvenil el año anterior. La preparación fue exigente por parte del profesor Ricardo Lagouyette, quien sentenciaba “Para llegar arriba, hay que llenar barriles de sudor”. La frase lapidaria del preparador físico maicero retumbaba en los oídos de los futbolistas paisas. En el recio defensor central no fue la excepción.

El resultado deportivo fue el esperado por el cuerpo técnico, comandado por el bellanita Marroquin Osorio: dos campeonatos de forma consecutiva obtuvieron los colores de Antioquia, con “El Coroncoro” en sus filas.

¿Rojo o verde?

La recuperación del título en su primera temporada con el seleccionado maicero y otra estrella más el año siguiente, unido a la convocatoria de la selección Colombia juvenil por parte de Jaime Silva para defender la tricolor en el Juventudes de América en Bolivia, hicieron que los equipos antioqueños fijaran sus ojos en el longilíneo defensor.

Como quitándole los pétalos a una margarita y con noches de desvelo y trasnocho marcaron los días de Perea, para decidir con qué equipo “ficharía”.

La pugna la ganó el Deportivo Independiente Medellín. Un sueldo de $12.000 y vivienda inclinaron la balanza para que, a sus 20 años, el morenazo escogiera el pétalo rojo, a pesar de su acuerdo verbal con los verdes.

A la profesional escarlata

Los barriles de sudor sentenciados por Lagouyette los empezó a llenar Perea, luego de que estampó su rúbrica en el contrato que lo ligaba al cuadro rojo.

Transcurría el año de 1984. El DIM, orientado por el uruguayo Julio Avelino Comesaña, contaba en sus filas a jugadores experimentados en el puesto de defensor central como Álvaro El Polaco Escobar, José El Boricua Zarate, el santanderano Néstor Miguel Carrillo, el uruguayo Rafael Villazan y el novel Perea, quien veía que cumplir el sueño futbolístico no iba a ser fácil.

Entrenó duro casi todo el año, hasta que el sueño del pibe, ese que compusieron Reinaldo Yiso y Juan Puey, se hizo realidad, pero no de la mejor manera.

El 4 de noviembre de 1984 hizo su debut como profesional de la pelota, pero como volante de marca. Era la tercera fecha del octogonal final. Jugando en Barranquilla contra el Atlético Junior contribuyó para que su equipo ganara 2-0 con goles de Bernardo Aristizábal y Eduardo Malásquez y de paso quitarle un récord negativo de once años y cinco meses, de no vencer a “los Tiburones” en su tierra.

El DIM terminó tercero en esa temporada, en una campaña que todavía recuerdan los seguidores escarlatas.

Para el 85, y con la venta de Álvaro El Polaco Escobar al Deportivo Cali, Perea pensó que llegaría su “revancha futbolística”, pues veía como Leonel de Jesús Álvarez Zuleta, su coequipero en las selecciones Antioquia, se afianzaba en la titular de El Poderoso. Pero no fue así.

Tuvo que esperar hasta el año 86, para llegar a su consolidación deportiva y así despegar su carrera como titular.

Su llegada al verde de Los Puros Criollos

La promesa que le hiciera Antonio Roldán Betancur en 1983, la cumplió Perea cuatro años después. En mayo de 1987, el cotarro futbolístico albergó una de las transacciones más sonadas de la década: Luis Carlos Perea, Gildardo Gómez y Leonel Álvarez llegaban al Club Atlético Nacional.

Fue una transacción millonaria que osciló en casi 100 millones de pesos de la época, pero que no satisfizo al defensor turbeño, pues del 8% que le correspondía no hubo sino reclamos.

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 No obstante, obtuvo casa y carro, algo impensado en el corpulento zaguero. La pobreza en la que había vivido en Turbo había quedado atrás. Igualmente, su timidez.

Vio campeonar a Millonarios de Bogotá en las temporadas 87 y 88, con agridulces sabores. Agrios porque Los Puro criollos, orientados por Francisco Maturana, no lograban los objetivos propuestos en el ámbito local y dulces, porque el proceso de las selecciones Colombia levantaba vuelo y ganaba respeto internacional.

La Copa América realizada en territorio argentino abrió la senda de la tricolor para esa “mayoría de edad”. Ese tercer lugar en el certamen orbital más antiguo del fútbol y las posteriores presentaciones en el periplo europeo, encontraron en el turbeño un baluarte importante.

Pero fue el título de Atlético Nacional en la Copa Libertadores de América el que catapultó al balompié criollo y lo subió al firmamento suramericano, para la gloria deportiva cafetera.

Igualmente aconteció con la clasificación a la Copa del Mundo. Italia, anfitriona de la fiesta futbolera, recibió a una selección Colombia rebosante de alegría para asistir a una segunda cita con los mejores del mundo, después de 28 años de ayuno.

Luis Carlos sonreía, pues en menos de una década de su vida llena de dificultades económicas se transformaba, para orgullo de doña Pastora, su progenitora.

Vuelve a casa

Luego de la resaca mundialista, y para la temporada de 1991, se anunció el regreso de Perea y Gildardo Gómez al Deportivo Independiente Medellín.

El campeonato 43 del fútbol profesional colombiano encontró estos nuevos refuerzos rojos, que contribuyeron a la clasificación del equipo a las cuadrangulares semifinales, pero vieron al Nacional coronarse campeón de la temporada.

En 1992, y a pesar de la rimbombante contratación de Carlos El Pibe Valderrama, el DIM no pudo realizar una buena campaña.

Para el 93, y de la mano de Luis Augusto El Chiqui García, el cuadro rojo de Antioquia logró obtener un subcampeonato con Perea en sus alineaciones.

Al Junior y a los Estados Unidos

El Atlético Junior se hizo de los servicios del corpulento defensor paisa, para el campeonato de 1994. La excelente campaña con el DIM e igualmente en las Eliminatorias al Mundial de los Estados Unidos, lo llevaron a engrosar las filas del cuadro “La Arenosa”.

Luego de una clasificación exitosa, la selección Colombia no refrendó lo realizado y se vinieron de la Copa del Mundo gringa “sin pena, ni gloria”.

Lágrimas de dolor tuvo el combinado nacional no solo en lo deportivo, sino por el asesinato de uno de sus grandes referentes: Andrés Escobar Saldarriaga, con el que Perea hizo una yunta defensiva muy poderosa.

Perea le pone picante a su fútbol

Al exigente balompié mexicano llegó para la temporada 1995. Inicialmente, fue el Necaxa el que fichó al defensor de la subregión de Urabá, una de las nueve que tiene el departamento de Antioquia.  Los seguidores de Los Electricistas de la ciudad de Aguascalientes, México, vieron cómo alzaban la Copa luego de casi 56 años de abstinencia, con jugadores talentosos como el ecuatoriano Alex Aguinaga, el chileno Ivo Basay y el colombiano Luis Carlos Perea.

Luego el Toros Neza, en el que juega los campeonatos del 96 y 97. Allí le puso el picante de su fútbol, para conectarse con la fanaticada del club mexicano, de la ciudad de Nezahualcóyotl (también conocida como Ciudad Neza) y donde realizó una excelente campaña en el naciente onceno manito.

Tolima y el DIM, con Perea

El Deportes Tolima lo repatrió para el Torneo de 1998. Llegó y trató de cumplir las expectativas que pusieron sus directivos, entre ellos Gabriel Camargo.

Solo un semestre duró en el cuadro Pijao porque volvió a sus orígenes rojos, en el que cumplió su ciclo como profesional del balón y en el que estuvo vigente por 16 años.

Miami y sus enseñanzas

Luego de su retiro del fútbol, el padre amoroso de Luis Alberto y Melisa no dudó un instante en enseñarle a las nuevas generaciones.

Desde hace más de dos décadas, Luis Carlos Perea se encuentra en Miami. Allí tiene su escuela de fútbol, en la que imparte los grandes conocimientos a muchos niños que quieren conocer los intríngulis de la pelota.

De sus afugias económicas solo quedan los recuerdos. El plato fuerte en la alimentación cuando niño era el guineo de su Turbo natal, que en ese entonces se botaba y le quedaba a los pobres, ya quedó en el olvido.

El amante del vallenato, devoto de Dios, que no es grosero y no soporta a la gente desleal o deshonesta, viene al Medellín Soccer Cup como invitado especial,  para rendirle ese homenaje que se merecen estos héroes de la pelota  y para hablarles a los más de 3.000 niños participantes que los sueños se pueden hacer realidad.